¡Una mamá a puro huevo! Convertirse a menonita le salvó la vida a esta emprendedora

Entre pollos, gallinas y cerdos, Marla Benavides encontró una forma de salir de un hueco que pensó sin fondo tras perder todo en la pandemia, Ahora, la encuentra vendiendo huevos en la Feria Día de Plaza en Ciudad Quesada.

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Son las 5 de la mañana, los gallos ya cantaron y los pajaritos empiezan su orquesta en el corazón de San Ramón de La Virgen en Sarapiquí.

Las botas de hule ya están listas y a la espera de Marla Benavides, para empezar la jornada. Enciende la cocina de leña para el desayuno y ahora sí, al campo a trabajar.

Hay que alimentar a los cerdos de cría y atender a los cientos de pollos y gallinas en su granja. Es día de lavar los casi 100 bebederos y cambiar la granza de las jaulas, o sea, un día de mucho trabajo.

Pero, así es el día a día de esta valiente mujer de 45 años quien, encontró en este estilo de vida la forma de sobrevivir y más aún, la respuesta de Dios a sus súplicas.

A Marla Benavides Murillo usted la encuentra todos los jueves en la Feria Día de Plaza en el Hogar de Ancianos en Ciudad Quesada con huevos frescos a la venta. Este es su emprendimiento y con el que sostiene a su familia pero, detrás de ella hay una historia digna de contar.

Esta mujer decidió congregarse con los Menonitas y a partir de ahí, cambió su vida y encontró el sentido que por muchos años no comprendía.

Durante la pandemia, esta jefa de hogar, madre de tres hijos, perdió gran parte de la producción en pollos y cerdos. Sintió que fue el final pero, apenas era el inicio de una nueva forma de vivir.

“Tuve muchos enredos económicos después de la pandemia, perdí muchísimo, quedé debiendo al banco, fue muy difícil al punto de llegar a pensar tantas cosas, pensamientos suicidas, mi vida empezó de caída, me vi en depresiones, sumergida en tristeza”, contó.

En ese momento, llegó una mano amiga que le ayudó a sostener los pocos pollos que le quedaban. Esa mano era de un amigo menonita que la invitó a congregarse con ellos pero, el orgullo la cegó en ese momento.

La vida entre pollos y gallinas es lo que más disfruta esta sancarleña que reside en Sarapiquí. Cortesía.

“Yo pensaba que era imposible que yo me pusiera un velo y menos, usar un vestido de esos largos, no y no. ¿Para qué un velo? y le cuento, esto me da ganas de llorar, una noche no tenía ni una sola fuerza, voluntad de nada y nada más le pedí a Dios que me llevara con él porque no quería seguir sufriendo más, que me descansara”, relató entre lágrimas.

Curiosamente, esa noche y luego de muchas sin poder dormir, Marla concilió en sueño con mucha paz, como hacía tiempo no lo lograba.

Al despertar, sintió un llamado y aceptó la invitación para congregarse con los menonitas y de ahí, la historia se torna más positiva.

“Esa decisión cambió mi vida, empecé a ir y los hermanos empezaron a animarme, empecé a sentir que no estaba sola, me recordaron que Dios me ama y siempre estuvieron ahí con apoyo espiritual y a cada prédica que iba, todo era para mi y cuando yo entendí el significado del velo, corrí a buscar uno y ponérmelo en mi cabeza”, recordó.

En un estilo de vida sencillo y simple encontró el poder disfrutar de los animales que tanto ama atender.

“A mi no me interesa que sea domingo, que sea feriado, yo no tengo horario, yo amo los animales, amo vivir en el campo, cocinar a la leña, tengo mis yucas, mis cosas, vivo tan en paz”, dijo.

Si algo aprendió de esta lección de vida es que las fuerzas deben mantenerse a pesar de las circunstancias y en el caso de ella, cuando creyó que las había perdido, Dios tenía otro plan para ella y sus tres hijas. Una de 28 de años, con una condición especial, otra de 24 ya casada y la menor de 22 años.

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